La Mesa 23

La Mesa 23

Hace unos años fui invitado al casamiento de una pareja muy querida.


Vinieron a mi casa a traerme la invitación y llevaban varios años juntos así que fue una alegría que quisieran compartir ese momento. De mi grupo de amigos de profesión, éramos dos que además de la ceremonia religiosa también concurriríamos a la fiesta, así que arreglamos ir juntos. 

Luego de la iglesia, la gente partió en esa especie de competencia para llegar al salón en la que parecen encaramarse los invitados al casamiento. Como si alguien, luego de salir los novios, pusiese a correr un reloj de arena y al cumplirse el tiempo, no se permitiese el ingreso.  O al llegar los mozos en la entrada dijesen algo así como: “Ustedes están tres minutos tarde, pueden comer de todo menos los sanguchitos de miga” 

A paso tranquilo arribamos al salón. En la entrada una señorita nos pidió las invitaciones y los nombres y nos indicó: “Mesa 23”. El lugar estaba colmado. Abriéndonos paso recorrimos todo el lugar, disculpándonos cada tanto mientras nos asomábamos a las mesas para ver el cartelito con el número gravado. Pero al poco tiempo llegamos a la conclusión lógica: No había mesa 23.

_ ¿Che Andrés, y ahora?

_ Mirá Hernán, yo he llegado hasta aquí con mi novia. No me voy a volver.

Me dejó con la novia y se fue hasta donde estaba el encargado que miraba la lista de invitados. Andrés blandía invitación, DNI, y señalaba a la parejita de novios en el centro del salón,  ignorante de la escena que se desarrollaba al costado. Al momento vemos un movimiento de mozos cargando platos, mantel y sillas. Y llega el encargado que nos dice: “Disculpen, hubo un error…se olvidaron de colocar una mesa”.

Nos armaron la mesa, incluso le pusieron una cartulina que tenía escrito (esta vez con una birome) el número 23. Y pudimos sentarnos, aunque cada tanto la pobre novia de Andrés debía mover la silla para que pasaran el personal o los invitados. Porque en el atestado salón, el único lugar que encontraron para ubicarnos era un espacio de un par de metros cuadrados. ¿Dónde? Entre la entrada a la cocina y el pasaje que conducía a los baños. Andrés sonreía triunfante, yo me sentía incómodo. Luego de los dos primeros platos, él se fue a la pista de baile. Yo me volví a mi casa.

Un par de días después tomábamos algo con un grupo de amigos, cuando nos preguntan del casamiento. Yo evite contestar. Andrés respondió: “Espectacular. Súper divertida. Me bailé todo, me tomé todo, la torta estaba riquísima, hasta le llevé una porción para que desayune mi mamá”. Los dos somos consultores de empresas. Aunque si bien nos dedicamos a distintas áreas, por lo visto el lleva más a la práctica los consejos que damos a nuestros respectivos clientes.

El “pasarlo bien” depende más de la actitud que de las circunstancias. En los negocios: el aprovechar lo que se presenta para obtener dividendos depende de lo que hagas con los recursos que tienes. Depende de la actitud más que de por dónde te llegue la oportunidad o el lugar que ocupes en un rubro determinado.

El Lic. Carlos Soza suele decir que no hay fiestas divertidas ni tristes, que una fiesta ES divertida y triste. No existen negocios de “todo éxito”, no negocios de “todo fracaso”. El vaso está siempre algo lleno y algo vacío. En definitiva, dependiendo de cómo es tu actitud ante los negocios, es el escenario al que te enfrentas. En todo negocio coexisten el Andrés y el Hernán de la fiesta.

Podría usar una frase hecha como “ante una tormenta hay dos tipos de personas: las que buscan refugios y las que construyen molinos de viento”. En definitiva, no importa si te parece que no hay lugar para tu idea: es solo señal de que te va a costar un poco más de esfuerzo. No importa si te mandan al asiento del fondo, porque en definitiva también estás adentro. No todos llegan a la mesa uno apenas ingresan al mercado; pero en definitiva al final de la fiesta, todos han comido lo mismo.

Hernán Kriscautzky. Economista.
Esp. en Desarrollo de Emprendimientos y Conducta
IG Krisca71

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