¿Es usted un cínico?

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Los cínicos valoraban la pobreza como virtud de vivir con lo justo y necesario. Diógenes quiso llevarla a su máxima expresión y, en su voluntad por vivir su pensamiento, se llenó de anécdotas. Una con Alejandro Magno.


Esa fue la piedra angular del pensamiento de Diógenes, un filósofo extraordinario que tomó al pie de la letra la escuela cínica. Tanto así que como hogar se buscó una tinaja de barro; vistió día y noche el mismo manto sucio y raído. Y caminó descalzo invierno y verano. Como equipaje no tenía más que un bastón, una bolsa grande de cuero y un cuenco para comer.

Para Diógenes no había término medio. Todo aquello que no fuera necesario era superfluo, y todo lo superfluo, por consiguiente, un lastre para alcanzar la plenitud de la vida. Diógenes era un personaje que en su voluntad por vivir su pensamiento se llenó de anécdotas.

No perdía su ironía ni en los peores momentos. Un día fue hecho prisionero para venderle como esclavo. Cuando sus captores le preguntaron qué sabía hacer, respondió: “Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere comprar un amo”.

Pero la más genial y famosa fue su anécdota con nada más y nada menos que al todopoderoso Alejandro Magno. Estaba el emperador paseando por la ciudad con su séquito cuando se encontró a Diógenes, que descansaba tumbado en mitad de la calle. El emperador, conocedor de su fama y genio e intrigado por su curiosa visión de la vida se le acercó rodeado de sus acompañantes oficiales. Miró a Diógenes, hizo un silencio y le ordenó que le pidiera aquello que más deseaba, prometiéndole que él lo haría realidad. La respuesta de nuestro protagonista no tuvo desperdicio: “el sol”. Ante el asombro de Alejandro, Diógenes le matizó su respuesta: “Apártate, me tapas el sol”.

En el séquito del emperador se escucharon carcajadas e insultos contra el filósofo. El emperador se mantuvo en silencio (recordemos que el joven, pero inteligente rey de Macedonia había sido discípulo de Aristóteles). Quedó sumamente impresionado por la coherencia del errabundo personaje, pues dejaría dicho para la posteridad: “Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”.

Fte.   Filco
María Eugenia Tapia

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